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viernes, 10 de febrero de 2017

Reto de escritura de ELDE nº 3: Superación

—Yo no pedí esto, ¿vale? —Me retorcí las manos, tumbado en el diván con la vista fija en la pared de un relajante tono beis, mientras el doctor tomaba notas en su cuadernillo—. Simplemente, pasó. Un día no era más que un estudiante de instituto normal y corriente y al siguiente… voilà! Resulta que puedo volar y doblar vigas de acero con una mano.

—Eso parece algo bueno —comentó el médico.

—Lo es —reconocí—. Bueno, por lo menos eso me pareció al principio. Pero entonces me dí cuenta de que tenía... una debilidad. Es algo que no sabe casi nadie y si se lo digo ahora es sólo por el rollo ese del secreto profesional. Por favor, no se ría, pero es caso es que desde pequeño tengo miedo a la oscuridad. De hecho, sigo durmiendo con una lamparita encendida —«ya está, ya lo he dicho», pensé—. Creía que con mis nuevos superpoderes lo superaría, pero no.

—La nictofobia es una patología como cualquier otra. No hay nada de qué avergonzarse.

—¡Claro que sí! ¿Qué clase de superhéroe teme a la oscuridad? ¿Cómo voy a patrullar por la noche para proteger a la gente si cada vez que los malos se escapan por un callejón oscuro soy incapaz de seguirlos?

El doctor pareció meditarlo durante unos segundos.

—¿Sabes qué? Cuando se tiene un miedo exagerado e irracional como el tuyo, el primer paso para vencerlo es enfrentarlo, exponerse a él. Podrías probar, por ejemplo, a poner un cronómetro encima de la mesilla de noche, apagar la luz y aguantar así todo lo que puedas, dejando pasar un poco más de tiempo cada noche. Al final, al ver que no pasa nada por estar a oscuras, te acabarás relajando cada vez más hasta el punto de que te olvidarás de volver a encender la luz y te quedarás dormido como un tronco.

Intenté imaginarme a mí mismo poniendo en práctica aquel ejercicio, pero la sola idea de apagar la lamparita, aunque fuese por unos segundos, me resultaba insoportable. Pensé, desanimado, que si aquello era lo mejor que se le ocurría a mi médico para curar mi fobia a la oscuridad, podía considerarme un caso perdido. Aun así, procurando sonar convencido, le aseguré que lo intentaría y quedamos en vernos otra vez el lunes siguiente para saber cómo me había ido.

Al acabar la sesión, me fui a casa a ponerme el traje y salí a sobrevolar la ciudad. Después de evitar el atraco a un banco y bajar a un gato de un árbol empecé a sentirme mejor. Tal vez bastase con ser un superhéroe diurno después de todo. Después de comer y nuevamente vestido de paisano, me fui a estudiar a la biblioteca pero el tiempo pasó tan rápido que cuando fui a darme cuenta ya estaba anocheciendo. Aunque las calles que iban de allí a mi casa estaban bastante iluminadas, no me gustaba quedarme fuera hasta tan tarde, de modo que recogí y emprendí el camino con paso rápido; sin embargo, cuando estaba ya llegando a mi destino, oí un grito. Me detuve en seco y me volví, pensando «no, ahora no, a estas horas no». El grito se repitió. Venía de un largo y sinuoso callejón sin salida que, cómo no, estaba completamente a oscuras. «¡Socorro!», gritó una voz aterrorizada desde las profundidades de aquella negrura, «¡auxilio, por favor!». Miré a mi alrededor. No había nadie más por allí cerca. No sabía qué hacer. La voz volvió a gritar, desesperada.

Luchando contra el instinto que me pedía huir de allí y refugiarme en casa, donde había luz y estaba a salvo, dejé caer la mochila, me quité las ropas de calle bajo las que escondía mi disfraz y, tras dos o tres inspiraciones profundas, me lancé de cabeza al callejón, cargando como un toro. Mis ojos no estaban nada habituados aquello, así que al principio no vi nada. Seguí corriendo, con el corazón en un puño, tanteando las paredes con las manos y aguzando el oído.

—¿Hola? ¿Hay alguien ahí? ¿Necesita ayuda?

—Estoy bien, gracias —dijo la voz a escasos palmos de mi nariz. Di un respingo y traté de enfocar a la persona que tenía delante. Me pareció reconocerlo, pero no, no podía ser…¿o sí?—. ¿Y tú, cómo estás?

—¡Doctor! ¿Qué demonios...?

El psiquiatra rió por lo bajo.

—Verás, cuando dejaste la consulta te veía tan poco convencido que supe que ni siquiera ibas a probar la terapia que te había recomendado, así que me tomé la libertad de… cómo diría… darte un empujoncito.

Mis ojos habían empezado a acostumbrarse y pude ver su brillante dentadura.

—¡¿Será…?! ¿Era usted quien gritaba? ¿Ha montado todo este numerito sólo para hacerme entrar en el callejón?

—Sí —dijo con toda tranquilidad—. Y parece que ha surtido efecto, ¿no? Estás en un callejón y a oscuras. Dime, ¿cómo te sientes?

—¡Pues me siento…! —empecé a replicar, enfadado, pero después me detuve. Estaba cabreado, sí. Una parte de mí quería coger a aquel tipo del pescuezo, hacer un nudo con él y enviarlo de una patada a la luna. De hecho, al descubrir su treta me había sentido tan indignado que había olvidado por un momento que estaba en medio de la oscuridad. Al darme cuenta volví a sentir un pinchazo de ansiedad, pero, para mi sorpresa, descubrí que tenía mucho menos miedo entonces que justo antes de entrar en el callejón—. Mejor. Me siento mejor. —Sonreí con nerviosismo—. Será mejor que salgamos de aquí. Seguro que algún vecino habrá llamado a la poli. Pero puede que sí pruebe el ejercicio que me recomendó, después de todo.

domingo, 8 de enero de 2017

Reto de escritura de ELDE nº 1: Año nuevo, vida nueva

Aquel 1 de enero me levanté a las ocho de la mañana, cogí la lista de buenos propósitos de la mesilla de noche y fijé con temor la mirada en las letras mayúsculas que conformaban la primera frase: HABLAR CON MIRANDA. Había estado enamorado de ella desde que podía recordar, pero, pese a haber compartido aula durante años, nunca nos habíamos dirigido la palabra. Tampoco es que esto fuese algo extraño en mi caso. Yo era el chico invisible de la clase, el que nunca hacía ruido, ni salía de fiesta, ni tenía amigos. Ni siquiera sacaba buenas notas. Simplemente, no destacaba en nada. Pero me había prometido que aquel año sería diferente. Sabía que Miranda iba a celebrar una fiesta aquella tarde a la que toda la clase estaba invitada. En otras circunstancias, ni me hubiese planteado ir, pero esa me pareció una buena oportunidad para empezar de cero y hacerlo a lo grande, entablando conversación con la chica más guapa y popular del instituto.

Recuerdo que pasé la mayor parte de la mañana probándome todo lo que tenía en el armario y gran parte de la tarde acicalándome y practicando frases frente al espejo. Estaba tan nervioso que no dejaba de retorcerme las manos. Cuando llegó la hora de la fiesta salí de casa vestido con mi mejor traje, con el pelo engominado hacia atrás y quince minutos después llegaba al local, temblando y sudoroso, tratando de convencerme de que todo iba a salir bien. Aquello estaba abarrotado. Me pareció que varios de mis compañeros me miraban con extrañeza. “No están acostumbrados a verme en estas fiestas”, pensé. El lugar era una especie de almacén que la familia de Miranda había reconvertido en una sala de fiestas. Al fondo tenía incluso una barra de bar y en el centro habían dispuesto una pista de baile en la que los más atrevidos se contorneaban sin mucha gracia. Con el corazón en un puño, eché un vistazo a la sala en busca de Miranda. La ví en el otro extremo, rodeada de sus amigas, con las que charlaba animadamente. Todavía retorciéndome las manos dentro de los bolsillos del pantalón, me esforcé por repasar mentalmente mis frases, tratando de decidir cuál sería la más indicada para unirme a la conversación, pero era como si mi mente se hubiese quedado en blanco. Descorazonado, empecé a pensar que aquello había sido una tontería; al fin y al cabo, uno no cambiaba de la noche a la mañana conforme lo hacía el año. Seguía siendo el mismo chico corriente e introvertido del día anterior, sólo que en lugar de seguir con mi rutina habitual, había decidido acudir a una estúpida fiesta en la que me sentía totalmente fuera de lugar. Me estaba preguntando si sería capaz de marcharme por donde había venido sin llamar la atención ni hacer el ridículo, cuando me dí cuenta de que Miranda y su grupo de amigas habían dejado de hablar y me miraban fijamente. Entonces ella se me acercó, decidida, esquivando casi como si flotase a los que bailaban en la pista y se plantó frente a mí, escudriñándome con evidente interés.

—¿Te concozco?

Confieso que me estremecí. Aquello no me lo esperaba para nada.

—N… No… O sea, sí… Bueno, no lo sé —farfullé, notando cómo se me encendían las mejillas—. Esto… Vamos a la misma clase. Soy Fernando —y al decir esto extendí la mano para estrechársela, pero enseguida me dí cuenta de lo estúpido de aquel gesto y la retiré, poniéndose aún más rojo que antes.

—¡Ah, claro! —los ojos de Miranda brillaron como los de quien acaba de acordarse de algo—. Tú eres el chico que se sienta al fondo. El que siempre lleva un gorro de lana.

No pude evitar dar un respingo. Era cierto que siempre llevaba un gorro de lana, en gran parte para ocultar mis malditas orejas de soplillo. No podía creer que se acordase de mí. Miranda sonrió y me pidió que la acompañase, de modo que cruzamos el local rodeando la pista. Algunos de los bailarines nos miraron con curiosidad cuando pasamos a su lado. Yo estaba en una nube. Era como si mi mente hubiese volado lejos y observase los acontecimientos desde la distancia, mientras mi cuerpo se movía con voluntad propia. Llegamos a la barra y me preguntó si quería algo de beber. Después de un pequeño carraspeo, le pedí una Coca-cola. Ella se rió.

—¿Una Coca-cola? ¿En serio? ¡Ni que tuviéramos diez años!

Volví a sentirme ridículo. Nunca me había gustado el alcohol, pero debería haber tenido en cuenta que, para los demás chicos de mi edad, una fiesta de verdad no tenía sentido sin él. Volví a carraspear, tratando de recomponerme.

—Con ron. Coca-cola con ron.

—¡Eso ya está mejor! —sonrió mientras sacaba las dos botellas y mezclaba su contenido en un vaso. Habría preferido que no le echase tanto ron—. Bueno, ¿y qué te trae por aquí? No me malinterpretes, me encanta que hayas venido, pero nunca te había visto en una de mis fiestas.

—Bueno, yo… —reflexioné unos instantes y finalmente decidí ser sincero—. Quería cambiar. Hice una lista con mis propósitos de año nuevo y el primero era hablar cont… Con más gente. Ya sabes, hacer más vida social.

—¿En serio? —Había algo en sus ojos que no era capaz de interpretar, una mezcla de diversión y… ¿malicia? Por un momento pensé que mi sinceridad le había resultado patética, pero luego me sonrió—. Me parece una muy buena idea. Todos necesitamos formar parte de algo, ¿no? Estar unidos a los demás. Vivir siempre solo es aburrido, ¿verdad?

—Supongo que sí. A veces —dí un pequeño sorbo de la bebida que me había servido y no pude evitar arrugar la nariz; demasiado fuerte.

—¿Bailas conmigo? —Miranda había vuelto a rodear la barra y estaba apoyada a mi lado. Su vestido rojo y plateado destellaba bajo los focos de la pista, realzando sus cabellos oscuros y su cutis moreno.

—Yo no… No sé bailar —tartamudeé, notando como los nervios volvían a formar un nudo en mi estómago.

—No te preocupes, yo te llevo.

Apenas tuve tiempo de dejar el vaso sobre la barra antes de que me arrastrase de la mano al centro de la pista. Los demás se apartaron para dejarnos espacio. Aterrado, procuré hacer lo que me había dicho y dejarme llevar, y en pocos segundos estábamos bailando. Miranda se movía con soltura, llevándome adelante y atrás como si me dirigiese con unos hilos invisibles. En un momento dado la música se volvió más lenta y ella tiró de mí para acercarme, apoyando la cabeza en mi hombro. La gente había dejado de bailar a nuestro alrededor y nos miraba con expectación. Tuve la certeza de que esperaban que metiese la pata, que le diese un pisotón o que tropezase y la tirase al suelo, pero eso no sucedió. Miranda se volvió para mirarme, aún con la cabeza apoyada en mi hombro. Había una especie de excitación en sus ojos, como si estuviese tratando de contener algún fuerte impulso. Me pregunté si estaría pensando en besarme. ¿Debería besarla yo, o…? Entonces acercó sus labios a mi oído y murmuró:

—¿Te lo estás pasando bien? ¿Te gustaría que tu vida fuese así siempre? ¿Querrías formar parte de esto?

—Sí —respondí sin dudar, aunque no estaba seguro de a qué se refería.

Miranda sonrió. La música dejó de sonar y todo quedó en silencio, un silencio cómplice, expectante, antinatural. Lo que ocurrió a continuación lo recuerdo como si hubiese pasado a cámara lenta. Miranda abrió la boca, como si fuese a hablar o a darme un beso, y pude ver cómo sus dientes delanteros crecían y se afilaban como agujas para acto seguido hundirse en mi cuello. El dolor fue espantoso, como si me hubiese apuñalado con un cuchillo al rojo, pero no pude gritar. Sentí mi sangre brotando de la herida y cómo algo similar a una ventosa la sorbía son ansiedad. Se me nubló la vista, me sentí desfallecer. Hubo movimiento a nuestro alrededor y por un momento pensé que mis compañeros acudían en mi ayuda, pero enseguida noté más pinchazos agudos y ardientes por todo el cuerpo, en las muñecas, la espalda, las piernas, y estuve seguro de que no saldría vivo de allí. No sé cuánto tiempo tardé en desmayarme, pero cuando desperté estaba solo en mitad de la pista de baile. Me incorporé trabajosamente y miré a mi alrededor, confuso, tratando de convencerme de que todo había sido una pesadilla, de que había bebido demasiado y había caído redondo… Pero entonces reparé en mis ropas desgarradas y manchadas de sangre. Y en la sed. Tenía mucha, muchísima sed, como si no hubiese bebido nada durante días. Todavía en shock, me di cuenta de que alguien había dejado una nota sobre la barra del bar. Cogiéndola con dedos temblorosos, leí la elegante caligrafía, que enseguida identifiqué como la de Miranda:

“Querido Fernando,
espero que sepas disculpar el entusiasmo de los demás. Hacía mucho tiempo que no probaban sangre fresca y se dejaron llevar. Si te parece bien, estaré encantada de comprarte un traje nuevo cuando estés preparado para salir. Los primeros días siempre son difíciles, pero no te preocupes, estaré de vuelta en unas horas con provisiones. En cuanto hayas bebido lo suficiente, podrás salir sin miedo a la luz del sol. Hasta entonces quédate dentro del local. Confío en que tu nueva vida sea de tu agrado. Nunca volverás a estar solo. Ahora eres uno de los nuestros. 
Con cariño, 
Miranda”.

lunes, 23 de febrero de 2015

Amor real

El ejercicio del mes de Febrero para Adictos a la escritura es un relato romántico, con motivo de la festividad de San Valentín.


Todas las noches, Amanda volvía derecha a casa después del trabajo. Nunca se quedaba a charlar, no salía de copas con sus compañeros ni iba a pasear con sus amigos. Pasaba la mayor parte del tiempo encerrada en su habitación, saliendo sólo para comer o para ir al baño. El resto del tiempo, lo dedicaba a leer. Leía, leía y leía el mismo libro una y otra vez, hasta que los ojos le escocían, la cabeza le zumbaba y las manos le empezaban a temblar. Sólo entonces se concedía unas cuantas horas de sueño; pero en cuanto despertaba, apenas tardaba unos segundos en sumergirse de nuevo en su lectura.

Leyó tantas veces aquel libro que llegó a aprendérselo de memoria y entonces empezó a sentir un vacío en su interior, algo profundo y oscuro, un ansia que crecía cada vez más amenazando con engullirla. De pronto ya no le bastaba con releer aquella misma historia, aquellas mismas palabras, indefinidamente. Necesitaba algo más. Necesitaba que la historia continuase. Es más, necesitaba “formar parte” de esa historia. Y así fue como empezó su idílico romance con Esteban.

Se encontraron por primera vez en el bosque, junto al río, el mismo día en que la alegre y lluviosa primavera dejaba paso al risueño verano. Él estaba de rodillas, inclinado sobre las aguas cristalinas, refrescándose, con el rostro oculto por sus rizos de azabache. Ella se acercó sigilosa con la intención de sorprenderlo; pero algo debió de intuir el muchacho, pues tras quedarse inmóvil un instante, se puso en pie de un salto, girando sobre sí mismo con gracia felina, al tiempo que desenvainaba su reluciente espada. Al verla allí, sorprendida y admirada, su expresión cambió de súbito, la máscara desafiante dio paso a una sonrisa tan dulce que nuestra protagonista notó cómo sus piernas temblaban y temió caer al suelo allí mismo.

El joven volvió a envainar el arma y se acercó resuelto a ella. La conocía, llevaba mucho tiempo esperándola, sólo a ella, a su amor verdadero. Amanda estaba radiante de felicidad. Esteban la montó en su corcel y la llevó al palacio real. Se trataba de un inmenso edificio, construido con una piedra rosácea de extraña belleza, plagado de torres, arcos y hermosas ventanas con vidrios de colores.

La gente sonreía y les vitoreaba mientras atravesaban las calles empedradas de la ciudad. A su alrededor todo era gozo y emoción, porque, de algún modo, todos sabían que aquella joven desconocida estaba destinada a casarse con su príncipe y a gobernar a su lado con justicia y sabiduría.

Aquella noche se celebró una gran fiesta a la que todo el mundo fue invitado. Amanda fue conducida a su habitación, una estancia de ensueño, donde unas amables doncellas la ayudaron a arreglarse y vestirse. Cuando, pocas horas después, entró en el salón del brazo de su apuesto prometido, estaba irreconocible. Llevaba un majestuoso vestido bordado de oro y plata, los cabellos recogidos cuajados de perlas y sobre su pecho brillaba un cristal mágico, regalo de Esteban como muestra de su amor. La música empezó a sonar y la joven pareja abrió el baile. Todos los invitados habían acudido con sus mejores galas, pero mientras giraban en medio de aquella nube de colores y perfumes, Amanda pensaba que no podía haber nada en aquel mundo tan bello como su amante.

Cerca de la medianoche, los dos enamorados salieron a pasear por los jardines. Una miríada de flores exhalaba su perfume en la noche estrellada, la fresca brisa jugueteaba a su alrededor y el silencio nocturno daba a cuanto les rodeaba un aire de paz sobrenatural. Se sentaron en un banco de piedra junto al estanque, y permanecieron callados un buen rato, cogidos de la mano mientras observaban el reflejo plateado de la luna sobre el agua.

Después, con un profundo suspiro, Esteban bajó la cabeza, soltó su mano y Amanda vió que una triste y solitaria lágrima rodaba por su mejilla.

-¿Qué ocurre? ¿Por qué lloras, amor mío? – inquirió.

-Lloro porque hoy he sido muy feliz contigo y quisiera serlo el resto de los días de mi vida, pero también sé que eso no podrá ser.

-¿Por qué no? - preguntó desolada.

-Porque tú no perteneces a este mundo y no puedes quedarte aquí. Debes volver a tu hogar, antes de que sea tarde.

-¿Tarde para qué? ¿Por qué no puedo quedarme aquí contigo?

Esteban la miró con dulzura, sus ojos verdes como hojas de verano rebosantes de amor.

-Tienes una vida fuera de aquí, en un lugar donde haces falta. Llevas demasiado tiempo viniendo aquí, y si esta vez no vuelves, esa vida se apagará.

-Pero yo quiero quedarme contigo - murmuró Amanda con los ojos bañados en lágrimas. - Quiero estar siempre contigo. Esa vida de la que hablas es vacía, triste y gris. Sólo cuando vengo aquí, a tu lado, soy verdaderamente feliz.

-Eso es porque te has olvidado de vivir - respondió el príncipe enjugándole las lágrimas con delicadeza. - Has dejado de ser quien eras para convertirte en aquello que querrías ser, y al hacerlo has renunciado a tu existencia, negándote a ti misma. Todo esto - añadió señalando el jardín que les rodeaba, el palacio y la ciudad - no es nada comparado con lo que tenías allí. Sólo tienes que recordarlo, aprender a apreciarlo de nuevo. Debes volver a amar la vida, porque sólo así podrás vivir.

-Pero yo te amo a ti, sólo a ti - protestó la joven. Sin embargo, Esteban negó con la cabeza.

-No, tú te enamoraste de alguien que sólo existía en tu imaginación y al hacerlo renunciaste a amar a nadie o nada más. Pero eso no es el amor, Amanda. El amor es mucho, mucho más grande que nosotros mismos, va más allá de cualquier cosa que podamos imaginar. El amor verdadero no fue hecho para encerrarse en sí mismo, sino para abrirse al mundo y a los demás. Por eso debes volver, debes recuperar tu vida, verte de nuevo a ti misma y amarte tal y como eres. Sólo así lograrás amar a otros de verdad.

Amanda lloraba en silencio, pero sabía que lo que decía Esteban era cierto. Lo sabía porque su voz no era otra que la de su propia conciencia que le decía que era hora de despertar.

-¿Volveré a verte? - preguntó finalmente.

-Claro, yo siempre formaré de ti; podremos vivir miles de aventuras juntos, pero al final siempre volverás a casa. ¿Y sabes que es lo mejor de todo? Que cada vez que te vayas, lo harás sabiendo que siempre podrás volver.

Amanda sonrió y con el último beso de Esteban abrió los ojos a la luz. Estaba en una cama de hospital, en una habitación blanca con grandes ventanales. Una enfermera le explicó que su casero la había encontrado inconsciente en su habitación, con un libro en la mano, desnutrida y deshidratada. Había pasado tres días en un coma profundo del que no sabían si despertaría.


Cuando le dieron el alta volvió derecha a casa, abrió la puerta de su dormitorio y ahí estaba el libro, en el suelo, abierto de par en par. Lo recogió con cuidado y, con un ligero estremecimiento, lo cerró de golpe y lo dejó en lo más alto de la librería. Después corrió a la ventana, apartó las cortinas y la abrió de par en par. El aire fresco entró a raudales y con él la luz del sol, los colores, los olores y los sonidos de un mundo que, si bien no era perfecto, no por ello dejaba de ser perfectamente hermoso.



viernes, 30 de enero de 2015

Un encuentro inesperado

El proyecto de este mes para Adictos a la escritura consiste en escribir un relato que incluya a un personaje literario conocido. Yo he elegido al mago Howl, un personaje de El castillo ambulante, una novela fantástica de la autora británica Diana Wynne Jones. En el relato hago referencia a algunos detalles de esta historia y de sus secuelas, El castillo en el aire y La casa de los mil pasillos, así que... ¡Alerta de spoilers!

El imponente edificio del Archivo Internacional de Datos parecía un enorme bloque de hielo macizo, semejante a los colosales glaciares de antaño que ya sólo podían verse en los documentales de historia. Sus paredes blanquiazules reflejaban la pálida luz del sol, que apenas conseguía penetrar la atmósfera sobrecargada de la ciudad. Por sus puertas entraban y salían estudiantes de todos los países, de todas las razas, e incluso algunos alumnos de intercambio venidos del Sistema Beta. La suave cuesta que llevaba hasta la avenida principal era un auténtico mar de cabezas entre el que Valeria se esforzaba por encontrar a su compañero de trabajo.

- ¿Se te ha perdido algo? – dijo una voz detrás de ella.

Se volvió para encontrarse con la sonrisa pícara, la nariz respingona y el pelo erizado de Marvin.

- Eres idiota. ¿Cuánto tiempo llevas ahí? – masculló dándole con la carpeta en la cabeza sin demasiados miramientos. – Tenemos que acabar esto para el Lunes y no pienso quedarme sin plaza por tu culpa.

- A mí también me hace ilusión pasar la tarde entera encerrado contigo en el dichoso archivo – replicó molesto.

Valeria hizo una mueca y se encaminó hacia la entrada. A aquellas horas la mayoría de las mesas estaban llenas y las salas de estudio colapsadas. Por suerte, los datos que querían consultar eran antiguos, y se encontraban en el ala oeste, mucho menos congestionada. El transportador los condujo velozmente a las coordenadas que le introdujeron y en seguida se encontraron en una habitación más bien pequeña, repleta de numerosos estantes polvorientos y, sorprendentemente, vacía.

- Ya nadie se interesa por la literatura clásica – comentó Marvin.

Los documentos que había allí eran realmente antiguos, auténticos libros de papel y cartón. Para evitar en lo posible su deterioro, las ventanas habían sido cubiertas por pantallas protectoras que atenuaban aún más la escasa luz que entraba del exterior. Valeria se dirigió al monitor central, que ocupaba gran parte de la pared al fondo de la habitación e introdujo su clave personal. En seguida apareció un listado con las obras que debían consultar y se pusieron manos a la obra.
Sin embargo, llevaban menos de veinte minutos trabajando  cuando Valeria notó que la mesa temblaba ligeramente.

-¡Deja de moverte, me estás desconcentrando! – gruñó.

- ¿Yo? Creía que eras tú – replicó Marvin extrañado.

Los dos intercambiaron una mirada y echaron un vistazo a su alrededor. Toda la habitación se estremecía y la fuerza de la vibración iba en aumento. “¿Será un terremoto?”, se preguntaron a la vez, y justo en ese momento se oyó un fuerte golpe a su derecha, al otro lado de una pequeña puerta de madera que debía de conducir al cuarto de mantenimiento. Acto seguido la puerta se abrió y dejó paso al hombre más extraño que habían visto nunca. Llevaba una túnica azul con incrustaciones de plata, las mangas eran tan largas que rozaban el suelo. Su rostro huesudo estaba enmarcado por abundantes rizos de un rubio totalmente artificial y sus ojos verdes los observaban fijamente con aire inquisitivo. Recorrió la habitación con la mirada y finalmente su atención se centró en la ventana. A través de la gruesa pantalla se veían los altos edificios de la ciudad, difuminados por el polvo y la contaminación. Se quedó absorto durante unos instantes y finalmente optó por dirigirse a Valeria:

- Buenos días señorita, ¿podría decirme qué día es hoy? – inquirió con amabilidad.

La joven, que había enmudecido por la impresión, sintió que recuperaba repentinamente el habla.

- Pues hoy es sábado, señor.

- No, no – repuso el extravagante intruso -. Quiero decir en qué día, mes y año estamos, por favor.

- ¿No sabe en  qué año estamos? – interrumpió Marvin, que lo miraba con asombro y desconfianza - ¿Quién demonios es usted?

El extraño fue a abrir la boca para contestar, pero justo entonces un niño de unos siete u ocho años entró a toda velocidad por detrás de él.

- Papi, papi, mami quiere saber si ya hemos acabado con la mudanza.

- Algo me dice que no – repuso el hombre. - Bien, ¿seríais tan amables de decirme ahora lo que quiero saber?

Tras un ligero titubeo, Valeria dijo:

- Hoy es el 8 de mayo del año 3000.

- Entiendo – el hombre frunció el ceño preocupado. – Parece que el conjuro no salió exactamente como esperaba. Morgan, ve a decirle a mamá que no se preocupe, lo solucionaré enseguida.

El niño, que se había acercado a la ventana y mantenía la cara pegada al cristal, gimoteó y refunfuñó, pero finalmente dio media vuelta y desapareció dentro del cuarto de mantenimiento.

- Bien, sólo un último detalle – dijo el hombre de ojos verdes antes de darse la vuelta para seguirle -¿Estamos aún en la Tierra, verdad? ¿Es decir, en el planeta Tierra?

Los dos chicos asintieron mudamente.

- Bien, entonces no será tan difícil arreglarlo. Aunque este lugar – murmuró para sí volviendo la vista hacia la ventana – parece interesante. Quizá vuelva a visitarlo más adelante.

Y sin decir más, volvió sobre sus pasos cerrando la puerta tras de sí. Unos segundos después la habitación entera volvió a temblar  y al momento todo quedó en calma de nuevo.

Valeria y Marvin se miraron en silencio. Entonces él se dirigió con resolución a la puerta de madera y la abrió. Dentro el espacio era minúsculo y sólo cabían unos cuantos utensilios de limpieza y un bidón de energía  para las baterías del transportador.

Después de unos minutos de silencio, Valeria habló:

- No mencionaremos esto el informe de la tesis, ¿verdad?

Marvin sacudió la cabeza y los dos volvieron al trabajo.



jueves, 26 de junio de 2014

El niño del agua

[El proyecto para Adictos a la Escritura de este mes consiste en reinterpretar un mito. En mi caso he elegido centrar el relato en la figura mitológica del kappa, una criatura del folclore japonés]



Yukio salió de la aldea al atardecer, con una mochila y un saco de dormir a la espalda. Una vez que las luces de las casas más apartadas quedaron atrás dejó el camino principal y, no sin cierta vacilación, emprendió el estrecho sendero que cruzaba el bosque en dirección al lago Heisei. Mientras se adentraba en la creciente penumbra del bosque se preguntó por enésima vez si se habría vuelto loco. No es que dudase de lo que sus ojos habían visto tan solo unos días atrás, durante la excursión escolar al lago, aunque nadie le hubiese creído cuando lo contó. Todos se habían burlado cuando habló de un ser de ojos saltones y largos cabellos de un verde parduzco que había descubierto entre las grandes rocas de la orilla oriental. Aunque solo fue una visión fugaz, seguida de un fuerte chapoteo que dejó grandes ondas en la superficie verdosa del agua, el intenso escalofrío de terror que le provocó aquel encuentro le había convencido más que cualquier otra cosa de que la experiencia había sido real. Estaba decidido a demostrar la veracidad de su historia y sólo lo conseguiría si lograba alguna prueba de la existencia de la criatura.

Cuando llegó al lugar donde había visto a aquel ser la última vez, el sol casi había desaparecido tras las montañas y apenas tuvo tiempo de montar su improvisado campamento antes de que todo quedase a oscuras. La superficie lisa e imperturbable del lago semejaba un espejo púrpura en el que se reflejaba el cielo del ocaso. No se oía nada más que canto de algún pájaro y el chirrido incesante de los grillos. El plan de Yukio era simple: había traído consigo un pedazo de carne que haría de cebo y una cámara de fotos. La idea era esconderse entre los arbustos a pocos metros de la orilla y esperar a que el monstruo o lo que fuese se acercase a comer. Entonces sólo tendría que pulsar un botón y obtendría su imagen como prueba irrefutable. O eso esperaba. Lo peor que podía pasar, según se había dicho a sí mismo una y mil veces, era que su presa se oliese el engaño y huyese o, lo que era aún más probable, que no se dignase a aparecer. Prefería no pensar en la posibilidad de que le descubriese y le atacase, por ello la ocultación era parte esencial del plan. Trabajando deprisa y con precisión, consiguió que su saco de dormir quedase bien camuflado bajo una maraña de hojas y ramas. En cuanto la oscuridad se tragó el bosque y el propio lago, Yukio se arrastró hasta su escondite, desde el que podía ver sin ser visto, y esperó. Sabía que la noche iba a ser larga, pero aún así se le hizo eterna. Pasaron las horas sin que nada turbase la paz de aquel paraje silvestre. El frío le caló hasta los huesos y le entumeció las piernas y empezaron a pesarle los párpados. Había salido la luna, brillante y redonda sobre las copas de los árboles, y su reflejo hacía que el agua reluciese como la plata bruñida.

Se despertó en mitad de la noche con un estremecimiento. Había oído algo, pero no estaba seguro de qué. Escuchó con más atención, conteniendo el aliento para no hacer el más mínimo ruido. Algo se arrastraba sobre las rocas, no muy lejos de donde él se encontraba. Venía bordeando la orilla y emitía un sonido extraño, como si olfatease y mascase a la vez. Cuando lo vio aparecer en el claro, a la luz de la luna, el horror paralizó a Yukio, que se olvidó por completo de la trampa, de la cámara y de mantener la vejiga cerrada. La criatura tenía más o menos su tamaño, los miembros largos y desgarbados y una cola plana y traslúcida. Se dirigió reptando lentamente, con desconfianza, hacia el pedazo de carne seca. De pronto le pareció que había colocado el cebo demasiado cerca de su escondite. Al inclinarse para devorar la comida pudo ver dos largas hileras de dientes puntiagudos bajo unos ojos negros como el carbón, sin iris ni pupila visibles, solo dos tenebrosos pozos sin fondo que parecían demasiado grandes para aquel rostro, enmarcados por una tupida mata de pelo mojado del color de las algas.
De pronto la criatura se volvió hacia donde yacía el muchacho temblando de miedo. Su corazón palpitaba con tanta fuerza que estaba seguro de que lo había oído. Alzándose sobre sus extremidades anteriores, el monstruo adoptó una posición erguida tan similar a la de un hombre que el chico se asustó todavía más. Después de lo que parecieron incontables minutos, la criatura echó a andar hacia el montón de arbustos que cubrían su saco de dormir. Yukio habría gritado, habría salido corriendo de haber podido, pero se sentía atrapado, hipnotizado por la visión de aquel ser sobrenatural. El monstruo se detuvo a pocos pasos de él, de modo que pudo ver de cerca los dedos largos y membranosos de sus pies, culminados por uñas afiladas. Bajó la cabeza hasta ponerla a su altura, olfateándole a  través de dos pequeñas fosetas que se abrían entre sus ojos, entreabrió la boca mostrando los afilados dientes amarillos, y tras emitir un suave graznido, dio media vuelta y se alejó, rozándole la mejilla con la cola. Desapareció bajo las aguas en un santiamén, y una vez más los únicos testigos de su presencia fueron las ondulaciones plateadas y el saco de dormir mojado.

Yukio volvió al alba, pero no dijo dónde había estado. De hecho, nadie logró arrancarle una palabra en todo el día. Estuvo sentado en el porche, mirando en dirección al lago, hasta que el sol volvió a descender en el horizonte.

- Sé lo que has visto – le dijo la anciana señora Aoyama, que se había sentado a su lado sin que se diese cuenta. Yukio la miró con recelo. – Hace unos años – continuó la mujer – corrió el rumor de que una joven había dado a luz a un monstruo en la aldea Beika, en las montañas. Se dijo que habían arrojado al niño al río, para que se ahogase. El caso es que la pobre criatura debió de sobrevivir y fue arrastrada por las aguas hasta el lago.

- ¿Desde cuándo sabe que está ahí? – preguntó el muchacho, a quien el asombro había hecho recuperar el habla.

- Oh, desde siempre – contestó la anciana con una sonrisa. – A veces voy a verle y a llevarle dulces. Le encantan los dulces, como a cualquier otro niño.

- ¿Y por qué…? – Yukio vaciló.

- ¿Por qué nunca se lo he dicho a nadie?  Piénsalo, qué haría la gente si lo supiese. Jamás le aceptarían. Por eso quiero pedirte algo. Yo ya soy vieja y pronto no podré cuidar de él. ¿Querrás hacerlo tú por mí?

Yukio y la anciana se miraron a los ojos, y tras una corta pausa, el chico asintió. Los dos sonrieron y contemplaron juntos la puesta de sol y los reflejos dorados que arrancaba del lago.




miércoles, 28 de mayo de 2014

La leyenda de Sleepy Hollow

Datos Generales

Título original: The legend of Sleepy Hollow

Autor: Washington Irving

Año: 1820

Ed.: Alba Editorial

Género: Relato - Terror

Sinopsis: Ichabod Crane es el maestro de la comunidad de Tarrytown, en Sleepy Hollow (literalmente «Hondonada del Sueño»), un valle a orillas del Hudson. Su antagonista es Bran Bones, un grandullón grosero, que es también su rival en el amor de Katrina Van Tassel, hija única de un acaudalado terrateniente. Ichabod cree alcanzar la gl oria el día en que Van Tassel le invita a una fiesta en su «castillo»... pero loque no sabe es que lo que ahí le espera es la condenación, pues en los bosques encantados de la «región del sopor» vaga el espectro del Jinete Sin Cabeza.



Comentario

Mentiría si negase que llegué a conocer este relato de Irving a través de su adaptación cinematográfica de la mano de Tim Burton. La historia original es, desde luego, mucho más sencilla, pero el film recoge suficientes guiños como para hacerle honor.
El lenguaje descriptivo de Irving es sumamente elocuente y eficaz a la hora de crear la atmósfera del soporífero escenario donde se desarrolla la acción y describir el carácter de sus gentes.
Resumiendo, una historia corta pero intensa, muy recomendable.

martes, 28 de enero de 2014

Lo que el viento se llevó

Proyecto para Adictos a la escritura de Enero de 2014



La feria de Fortsheep, Oklahoma, se alzaba en medio de los campos a unas cinco millas de la ciudad. El recinto estaba vallado en su mayor parte, y dos gruesos postes sostenían el  tosco cartel de bienvenida. Los viernes, al atardecer, todos se dirigían hacia allí, a pie o en bicicleta, en grupos, en familia o en pareja. Acudían como las polillas a la luz. La mayoría de los muchachos se arracimaban en torno a los puestos de tiro al blanco, mientras que las parejas preferían pasear de la mano compartiendo gigantescas nubes algodón de azúcar. Habían instalado una pequeña noria para los niños, con farolillos de colores y un altavoz que emitía una música aguda y estridente. Pasadas las atracciones venía la que solían llamar, no sin cierta sorna, “la zona gastronómica”, que no era más que un montón de mesas y bancos rodeados de puestos donde los propios vecinos del pueblo asaban salchichas, freían patatas y repartían refrescos.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Mi monstruo

Proyecto para Adictos a la Escritura de Noviembre de 2013


Aquella mujer era lo más parecido a un buitre que había visto en mi vida. El pelo corto, reseco y encrespado, la nariz ganchuda, la piel tostada llena de arrugas… y aquella voz aguda y chirriante que me ponía de los nervios. No recuerdo haber pasado miedo mientras esperaba en la otra habitación. De hecho, no recuerdo casi nada desde que Bea me llamó llorando como una histérica hasta que aquel ave de rapiña disecada me confirmó el diagnóstico. Creo que me lo tomé bien. Mi mayor preocupación en aquel momento era la muerte; su gélida amenaza había estado atenazando mis entrañas durante los últimos días, haciendo que el tiempo transcurriese de forma insoportablemente lenta. Pero la doctora me dijo que no era probable que muriese. Tenía el virus, pero no había desarrollado la enfermedad. Eso sí, el tratamiento sería de por vida. Mantuve la calma mientras escuchaba cómo iba a ser mi vida a partir de ahora. “Prácticamente normal”. Sí, la medicina había avanzado mucho en los últimos años. Ya casi nadie moría de Sida, o al menos no en esta parte del mundo.

Cuando volví a casa, la puerta estaba cerrada con llave. Sabía que mi padre estaría en el bar, y mi madre habría ido al supermercado. Fui a mi habitación, corrí el pestillo y me dejé caer sobre la cama. No sé cuánto tiempo estuve así, sin pensar en nada, pero no debió de ser mucho, porque mi madre aún no había vuelto cuando noté la vibración del móvil en el bolsillo. Un whatsapp de Bea “Q tal? q t a dixo?”. Entonces supe que aquel asunto me había afectado más de lo que creía. Y no fue por la rabia que me abrasó como una ola desde dentro, ni por las lágrimas que me picoteaban los ojos, sino porque el smartphone que me había ganado aprobando los exámenes de septiembre fue a estrellarse contra la pared de la habitación y sus piezas de diseño salieron disparadas en todas direcciones. Empecé a gritar y a soltar todas las palabrotas que conocía y algunas nuevas que se me ocurrieron en aquel momento. Maldije a Bea por convencerme de que cambiásemos los condones por la píldora. A Germán por habérmela presentado. A la doctora con cara de buitre por decirme que podría tener una vida “normal”. Como si fuese normal vivir con la idea de que llevas la muerte dormida en tu interior. Temiendo que algún día pueda llegar a despertar.

Mi madre me encontró llorando debajo de la cama. Es curioso, porque de pequeño había tenido pánico al monstruo que, según mi hermano, se escondía allí. Pero ahora ya sabía que no había ningún peligro acechando bajo la cama; que los únicos monstruos son aquellos a los que nosotros invitamos a entrar en nuestras vidas.



Obra registrada:
Safe Creative #1311279444945

lunes, 1 de abril de 2013

On soc?



“Vaig obrir els ulls tan ràpid que, al principi, la llum i l’abundància de colors que m’envoltaven em van desorientar. El meu cap era un embolic de confusos records, cap dels quals tenia el més mínim sentit per a mi. No sabia on era  o com havia arribat allí, ni tan sols estava segura de saber qui era o com em deia.

Em vaig incorporar lentament mirant al meu voltant, tractant de reconéixer alguna cosa que em fós familiar. Era inútil. No recordava haver estat mai en un lloc com aquell. S’assemblava molt a una espècie de selva tropical, però havia alguna cosa  que no encaixava, que semblava estar fora de lloc. Què  podia ser?

martes, 29 de enero de 2013

21 de Diciembre

Proyecto para Adictos a la Escritura de Enero de 2013



A Nerea no le preocupaba demasiado que el mundo pudiese acabarse aquel día. “No tiene sentido tener miedo” respondía cuando le preguntaban, “el miedo es una emoción útil a la hora de recordarnos que debemos escapar de algún peligro, pero cuando escapar es imposible, el miedo se vuelve absurdamente innecesario”. Si el mundo tenía que acabarse se acabaría, no había nada que ella pudiese hacer para evitarlo, así que no tenía sentido preocuparse.

jueves, 27 de diciembre de 2012

Duerme a mi lado

Proyecto para Adictos a la Escritura de Diciembre de 2012


Gruesas gotas de lluvia se deslizaban por el cristal de la ventana. Más allá del porche, una cortina gris lo cubría absolutamente todo, como si el resto del mundo se hubiese desvanecido. Salvo por el repiqueteo del agua sobre el tejado, en aquella casa reinaba el silencio.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Pesadilla II

Proyecto para Adictos a la Escritura de Septiembre de 2012



La oscuridad del corredor era tan densa que casi se podía amasar con las manos. La única luz, apenas un tenue brillo anaranjado, llegaba desde el otro extremo del pasillo, procedente de un solitario piloto de emergencia. Avanzó, tembloroso, en aquella dirección, y fue entonces cuando notó esa curiosa sensación en los pies. El suelo estaba extrañamente pegajoso, como si se hubiese  vertido algún tipo de sustancia viscosa y caliente. No lo veía, pero podía olerlo. Era un olor desagradable, nauseabundo, como a carne podrida. No quería saber lo que era. En aquellos momentos, su única esperanza pasaba por llegar junto a la luz y buscar una salida. Avanzó con paso inseguro sobre el suelo resbaladizo. Había hecho ya la mitad del camino cuando tropezó con algo, un bulto grande y fofo, deforme. Aún estaba demasiado lejos de la luz como para poder ver con claridad, por lo que rodeó con cuidado el misterioso obstáculo y siguió caminando, esta vez tanteando con las manos a la altura de las rodillas por si había más objetos a su alcance. No quería arriesgarse y volver a tropezar, cayéndose sobre aquel suelo pringoso.

sábado, 15 de septiembre de 2012

Pesadilla



El barco apenas se movía sobre las tranquilas aguas de color azul turquesa. Los brillantes rayos de sol se reflejaban en las montañas y ningún miembro de la tripulación se  atrevía siquiera a respirar. Era como si el tiempo se hubiese detenido. El agua era tan cristalina que podían verse las blancas arenas del fondo. Allí abajo no había nada.

jueves, 26 de julio de 2012

Feliz Aniversario

Proyecto para Adictos a la Escritura de Julio del 2012



Sus movimientos eran fluidos y elásticos. Danzaba con la gracia y la firmeza que solo los años de duro trabajo pueden proporcionar. Ejecutó un bello arabesque  y, tras un último giro, se inclinó haciendo una delicada reverencia. Mijail y sus compañeros aplaudieron, admirados. Incluso tratándose de un simple ensayo, ella lo había dado todo de sí. Levantó la mirada, sonriente, hacia la parte superior de las gradas. Allí estaba Iván, esperándola. Él no aplaudía, sino que la observaba con aquella media sonrisa misteriosa con la que la había enamorado. Realmente le resultaba difícil creer que ya hubiese pasado un año.

lunes, 2 de julio de 2012

El precio de la inmortalidad



El crepitar de la solitaria vela que, medio consumida, se deshacía lentamente en un rincón del escritorio, resultaba estruendoso en medio del silencio que reinaba en la habitación. Un joven de rasgos suaves y cabellos castaños dormía plácidamente apoyado en la vieja mesa, sobre el revoltijo de ajados papeles que había estado leyendo. El chillido de una lechuza cerca de su ventana le hizo abrir los ojos, azules como el cielo, y mirar el reloj. Era tarde. Decidió que seguiría leyendo por la mañana, con la luz del día. Se levantó y apagó la vela. Fue hasta la ventana para cerrarla y se detuvo un momento a contemplar la belleza de los campos sumidos en la oscuridad. El suave viento mecía las ramas de los árboles más altos y la luna creaba reflejos plateados sobre el ancho valle. La lechuza que lo había despertado alzó el vuelo desde una rama cercana y cruzó el cielo hasta perderse en el horizonte. Iba a cerrar la ventana cuando un extraño sonido le hizo detenerse y aguzar la vista tratando de ver el tortuoso camino que conducía a la casa. Alguien se acercaba.

lunes, 25 de junio de 2012

El Mejor Regalo

Proyecto para Adictos a la Escritura de Junio del 2012


Carlos llamó al timbre que le habían indicado, el segundo por la izquierda. A aquellas horas, el sonido se le antojó ensordecedor, y le llevó a echar una ojeada a las ventanas del edificio, temiendo ver la cabeza de algún vecino indignado emergiendo de cualquiera de ellas.